Yo, la autora

Cierto mis textos son lo que pienso y muchas veces por ser mujer guardo dentro de los silencios nocturnos, pero quién puede evitar que los escriba ... tuve dueño de mis palabras, pero le quitaba la libertad a mi mano y a mi pensamiento ...

jueves, febrero 11

CORAJE


a Toño Santos
¿pa qué son los amigos?

Se inclinó y con toda la fe que le cabía en el pecho, murmuró una oración de la que sólo pude percibir el leve movimiento de sus labios, entonces, por sus ojos cerrados, supe que rezaba.

    Quise dejar de mirarlo porque me apenaba su fervor. Me avergonzaba mi incredulidad, pero reconozco que su fe me conmovía. Al terminar, se levantó con parsimonia, casi con la veneración de dejar a una madre apesadumbrada por inminente peligro al que se enfrentaba el hijo más querido.

    Se calzó la montera y caminó hacia el ruedo, ¿dónde se había quedado el miedo?, seguramente ahí, en cada una de las plegarias dirigidas a ese Dios que yo no veo, pero que siento en la gracia de verlo vivo otra vez.

    Lo he acompañado desde que comenzó su afición, él no logra verme, pero sabe que estoy a su lado, sabe que cuando le hierve la sangre al adelantarse al toro protejo con mis manos su figura, le permito levantarse de puntillas sujetándolo de los hombros. Sabe que domino su diestra mientras el animal se pasea frente a él, furioso.  

Sabe también que cuando el toro está de frente, quieto, es porque le he hablado con suavidad a la oreja, luego el animal voltea a mirarme permitiéndo al matador lucirse.

    Le beso las manos mientras los nervios le recorren la piel, le he acariciado las sienes cuando parece que el cansancio ha llegado al último tercio y cuando respira, le he tocado el pecho para aliviarle la tensión. 
Sabe que estoy ahí.

    Prometí no dejarlo porque una vez, molesto lo abandoné. Fue entonces que sucedió. Hubiera deseado avisarle que el maldito planeaba matarlo; hubiera querido sostenerlo mientras el animal lo levantaba en el aire, hubiera querido apagarle el dolor mientras lo recogían; hubiera... pero no fue posible, entonces no pude hacer más que acompañarlo mientras lo adormecían para atenderlo, cerró los ojos y parecía más niño de lo que en realidad era, entonces le puse las manos frías en la frente para que descansara y el médico hiciera lo que tenía que hacer, cuando terminó juré no dejarlo jamás...

    Cuando estoy a punto de claudicar, me fijo en la cicatriz de su pierna y me estremezco, y de nuevo estoy ahí, guiándole la diestra y sosteniendo el aire en su pecho para la última estocada.
    La montera vuela. El olor de los claveles lo anuncia, comienza la faena. Lo acompaño nuevamente y estamos otra vez jugando con la muerte.