Yo, la autora

Cierto mis textos son lo que pienso y muchas veces por ser mujer guardo dentro de los silencios nocturnos, pero quién puede evitar que los escriba ... tuve dueño de mis palabras, pero le quitaba la libertad a mi mano y a mi pensamiento ...

domingo, enero 24

PALABRAS

    Había cargado toda lo noche con un costal lleno de hojas en blanco y palabras sueltas. Tenía dentro de sí la vehemencia de escribir mentiras y verdades de quien miraba, de quien tenía la transparencia del cristal en sus ojos y el barro del trabajo en sus manos.

    Se acomodó a medianoche en una esquina para ofrecer a los trasnochadores una hoja o una retahíla de palabras que les aliviaran las penas de amor; a otros, las palabras de consuelo maternal; a los olvidados, del reconocimiento personal; a los descreídos, sobre la fe de Dios; a los enfermos, adjetivos de esperanza; a los pordioseros, vocablos ricos en caridad; a los engreídos, sinónimos de humildad; a los desvergonzados, hojas para que escribieran sus culpas y a los amargados, la dulzura de la satisfacción propia.

    Pero nadie volteó a mirarla, era una sombra bajo el farol. Era un fantasma de sí misma ofreciéndose en plena calle. Nadie la veía. Prostituía su talento en la calle para que alguien se lo llevara y lo desnudara poco a poco, y después, convencido, le hiciera el amor y se quedara con él.

    Siempre estuvo sola, desde niña recogió las palabras y fue llenando primero un morral y después fueron tantas que las empezó a acomodar una a una. A veces se topaba con palabras tan maltradas, que con sus manitas las desarrugaba pacientemente sobre su rodilla y las alisaba con ternura, esas eran palabras del mercado, del pueblo, de su padre, de sus madre y de sus abuelos, de gente de la calle que pasaba sin verla como ahora.

    Otras veces, guardó celosamente palabras nuevecitas que sólo leyó en libros elegantes forrados de cuero. Luego encontró una que aparecía en el periódico que su padre leía todos los mediodías frente a una taza de café negro. Esa no le gustó mucho, pero se resignó a que era inefable y la cargó siempre para recordarse que a la muerte también se le puede escribir con amor o con ironía.

    Nadie, ni como regalo quería llevarse aquel equipaje de palabras que tanto le había costado cargar. Nadie se acercaba a hurgar en su costal para encontrar una que le abriera las puertas del corazón, del entendimiento, de la fe, del dolor o de la soledad.

    Ya no se para bajo el farol a ofrecer su mercancía, ahora se ofrece ella por las noches para contarles cuentos inverosímiles a los amantes solitarios que la buscan para dormirse entre sus brazos.

HOJA EN BLANCO

    De nuevo con la hoja en blanco. Otra vez con la mente nublada, negada a parir la novela que me llevará la éxito. Otra vez con el cigarro entre las manos, arrugando la frente y restregándola para exprimirle las ideas a mi entorpecido cerebro. El cuarto apesta, y el calor del abanico se revuelve con el sudor y el olor del cigarro. Las aspas emiten un ruido monótono. Es la cuarta vez que coloco una maldita hoja y no escribo nada.

    Por las noches sueño que mi éxito se encumbra con la narración de un hombre con prolijas ideas que devora al mundo y lo escupe, para luego burlarse de su vanalidad. Pero despierto en medio de la noche, lleno de sudor y al lado de una desconocida que dibuja una mancha caliente de sudor en mi cama. Entonces la novela se esfuma entre los pliegues de la sábana y le hago el amor a la página para que se ofrezca y se entregue a mí sin reservas, pero es en vano. Su virginal blancura se niega cual doncella virtuosa ante las palabras soeces de un amante.

    He abierto la ventana para que el sopor nocturno desaparezca, pero me asfixio en la mezcolanza de mi propio cuarto. El olor a hombre, a mujer, a tristeza, pero sobre todo a amargura me sofoca. El alcohol me rescata a veces de la inmundicia, para sumergirme de nuevo en la sórdida presencia de mí mismo.

    Cada noche vuelvo al mismo lugar, con las mismas ansias de comerme al mundo. Con la misma necesidad de llevar cargando mi costal de palabras y vaciarla en la página en blanco. Todas las noches el estéril sufrimiento de no poder escribir. De recoger por los rincones palabras y hechos que me piden existir.

    Ella se remueve en la cama, deja ver sus muslos morenos y su espalda renegrida por el sol del mediodía, vagando en el mercado, ofreciéndose ante la mirada impertinente de las matronas que resguardan su decencia de su torpe paso de borracha.

    Se ha cansado de llamarme con su pastosa voz, se ha dado por vencida y comienza a vestirse en la penumbra y el tufo de mi cuartucho.

    Veo cómo a tumbos recoge su ropa barata y su bolso de plástico negro, mientras furiosa se encamina a la puerta y la azota con una blasfemia.

    Ya no la miro, no es la primera que me lo dice. De tanto decírmelo a mí mismo, yo me lo he creído, soy un pendejo.

    Allí va otra a mi cuenta, otra desconocida, otra noche, otro cigarrillo y otra estúpida hoja en blanco.