Yo, la autora

Cierto mis textos son lo que pienso y muchas veces por ser mujer guardo dentro de los silencios nocturnos, pero quién puede evitar que los escriba ... tuve dueño de mis palabras, pero le quitaba la libertad a mi mano y a mi pensamiento ...

viernes, diciembre 10

GRACIAS

Busqué la luna a tientas para que mi piel limpiara y desnuda caminé a campo abierto, bailé entre los romeros, me llené de su fragancia y de barro las plantas.

Después de mi bautizo, corrí a meterme en tu cama.

Me vestí de pasión brava, te demostré entonces cuánto te amaba. Me envolviste en tu capote, en tu muleta y caí rendida en tu mirada.

De puntillas, mientras dormías, le extendí el capote al destino y me presentó sus ojos negros y su casta, y antes del primer derrote, juro que te brindaba mi alma.

Cuántas noches de faenas me regalé entera, cuántas tardes de triunfo completo, buscando en la penumbra por lo menos un clavel de deseo. Y me encontré sola en medio del albo ruedo de mi cama.

Por fin tú me lo diste, ese el que yo más quiero, el clavel de tu corazón, el que llevo prendido en el pecho.

Dedícame tus palabras, regálame tus silencios para escucharte en las plegarias que hago mientras rezo.

No regreses a mi vida sin faenas, sin rasguños en el terno. No vuelvas a mi abrazo sin probar de vez en cuando la arena del ruedo. Me bautizaste con tu perdón y me libraste del infierno. Mi prestaste tus avíos para cubrir mi desnudez cuando más necesitaba de consuelo.

Por eso, sin que lo sepas, llevas prendido en el vuelo del capote mi corazón entero. Y en los lances de la muleta un beso y el susurro de un te quiero.
Cómo darte gracias entonces por lo que dejaste en mi alma…si no es regalándote mis humildes versos.

viernes, noviembre 19

!Con permiso, ganadero!

¡Con permiso, ganadero!

¿Una tienta? Yo nunca había asistido a un tienta. Muchachos vestidos de corto con capotes y muletas bajo el brazo en un ruedo de piedra en medio de la nada y pidiendo permiso al ganadero para torear una vaquilla es una experiencia que pocas mujeres tienen el privilegio de sentir.
Fue una travesía de kilómetros en medio de montes llenos de palmas y gobernadora para llegar a la ganadería Valle de Gracia.
Pocas son las mujeres que entran, muy pocas, sólo dos estamos en el ruedo. Sólo miramos y escuchamos.
A nuestro alrededor los hombres aconsejan a los jovencitos quienes con capote y muleta unos decididos, otros temerosos e inseguros se adelantan a la primer vaquilla.
¡Con permiso, ganadero! Se oye desde el centro del ruedo. Y el ganadero lo concede. Entonces los pases y muletazos se dejan ver. Desde uno de los burladeros, uno de los maestros, matador retirado, le grita por su nombre al muchacho ordenando que le ponga la muleta en la cara al animal.
Otro, un matador con muchísima experiencia cuenta sus anécdotas de cuando era torero, para rematar dice: “Nomás le falta brega al muchacho” y ve detalles y errores que yo no veo y no puedo distinguir.
“Ni un paso pa tras” le dijeron. Y ni un paso para atrás dio ni con el capote ni con la muleta.
Sale la vaquilla con la fuerza de 8 meses de edad. Da vuelta al anillo con ímpetu y para las orejas, entonces el muchacho grita " ¡Vaca, vaca!" Llama al animal que invitado por el capote acude embistiendo. Uno, dos, tres capotazos, pero según el matador, le falta brega. Y su mano corre después por la muleta. Su figura espigada se flexiona al extenderla para darle salida a la vaquilla.
La tierra se levanta cuando la vaquilla se aproxima con rapidez y el muchacho la llama otra vez. Tiene estilo, sólo le falta pulirse.
¡Camina como torero! Le gritan, y el muchacho reacomoda la espalda y camina derecho. Su padre le pide que le pase la muleta por la cara de nuevo a la vaquilla, pero el animalito está cansado.
Seis vaquillas y cinco muchachos. Ninguna de las vaquillas rehuyó al caballo. Todas traían ganas de embestir, todas con casta, pero es el ganadero quien las conoce. Él las ha visto nacer, crecer, si en la tienta demuestran la bravura, las verá aparearse, parir. Sabe qué semental ha cubierto a cuál vaca y conoce de sus orígenes.
Es con el caballo donde se mide su bravura.Una y otra y otra y otra vaquilla y los muchachos solicitan permiso. Dos hermanos también desdoblan los capotes y piden permiso con todo respeto... silencio, de vez en cuando uno a otro se dan consejos.
No es fácil ser hijo de torero. No es sencillo darle gusto a su padre, no se le puede engañar. Porque ha mirado a varios caminar hacia el ruedo y nunca se ha equivocado al augurar que un muchacho puede convertirse en matador.
Mientras su padre lo mira, debe demostrarle que tiene valor y aptitudes de torero, no puede darse el lujo de titubear ni tener miedo.
Complacido, que no es lo mismo que satisfecho, su padre lo ve como un diamante al que hay que pulir, y él está dispuesto a hacerlo. Y si es necesario pedirá que alguien más le ayude a pulir a este que puede volverse un diamante o sólo una piedra de bisutería barata.
Practicar el toreo de salón le ayuda, pero no será lo mismo cuando vaya contra un novillo o un toro. En el ruedo al toro ya no lo imagina, el toro ya no está en su mente.

Me sueltan la muleta
¿Cómo se agarra la muleta? Ni idea, y pesa, aunque sea de tela, pesa. Me la suelta uno de los muchachos que por el parecido no sé quién es y me dice "Sin el ayudado para que no te pese". Es una becerrita apenas, pero está cansada así que lo más que hago es defenderme y protegerme, escucho burlas y risas de hombres de campo que contrario en avergonzarme me provocan y de todos modos quedo en ridículo.
Para la foto era suficiente, eso queda como constancia que agarré una muleta; y es cierto, abajo a los animales se les ven los ojos más grandes.
Ya se oculta el sol y nadie habla, todos entre tinto, tortilla y paella española hacen remembranza de corridas con grandes figuras del toreo, en sus voces escucho al Juli, a Ponce y uno que otro chiste que hacen que los comensales revienten en carcajadas.
Así, hoy puede nacer un torero, o morir el capricho de ser torero.

lunes, octubre 25

MAL DE MONTERA

Las fiebres son altísimas de un tiempo para acá, los estremecimientos son insoportables ante un pase. Los ojos me duelen de tanto mirar al torero y el corazón se me detiene ante cada derrote del toro cerca de él.

Las manos me sudan cuando entro en la plaza y la piel se me eriza con los primeros acordes de “España Cañí” Se me hace un nudo en la garganta en el paseíllo, y me tranquilizo un poco en le tercio de varas. Luego empiezo a alucinar con cada muletazo; el alma se me encoge de pesar al levantar el pañuelo. Luego las piernas me impulsan para presenciar la vuelta al ruedo.

Las manos me arden por lo seguido que las golpeo una con otra sólo para decirle al torero cuánto lo admiro.

Entra otro alternante; otro toro; otros pases y vuelvo a sentir lo mismo. Dicen que es posible que estas dolencias terminen con la temporada, pero creo que va a ser difícil. Me contagiaron... ya no hay duda ni remedio, pronóstico según me dice un matador…locura…Mal de Montera.

miércoles, septiembre 22

Celos

Cómo seducirte torero, si abrazas a la muerte cada tarde y a mí me matan los celos. Si entre miradas de mujeres te me pierdes en el ruedo.

Cómo seducirte, si eres maestro del engaño, si cortejas a ese toro y lo embarcas con tu muleta y lo hechizas con tu figura y vas sacando su casta, tu valentía y mi desconsuelo.

Cuánto ha de pasar torero, para que me mires a los ojos como haces con el toro en el primer tercio.

A dónde tengo que mirar cuando te tenga cerca, a los ojos, al capote o la muleta, o he de esperar el estoque lo mismo que hace el burel, muy quieto.

No amaneces en mi cama, no te tengo en mis sueños, pelear contra lo que llevas en el corazón es perder el tiempo.

Hazme en tu vida entonces un instante, porque tengo en el alma un hueco, un vacìo de nostalgia, un vacìo de duelo.

lunes, agosto 16

Carta a un antitaurino

CARTA A UN ANTITAURINO


A ti, tú que te llamas antitaurino y nunca has tenido el menor contacto con un toro. A ti, que dices que defiendes a un animal del que solo te acuerdas cuando toca ir de manifestación... A ti, que para atacar lo que consideras un espectáculo desagradable solo se te ocurre desnudarte y cubrirte de tomate... A ti te lo digo, sí, a ti, desde el respeto que los que nos denominamos aficionados practicamos hacia vosotros... Siéntate un día con un torero, habla con él, escúchale... Solo así podrás saber que es amar a un animal, vivir por él. Déjale que te cuente como cuando todavía era un niño dejó aparcados los juguetes y decidió empezar a jugarse la vida... Pregúntale porqué prefirió olvidar su juventud para sacrificarse por un sueño, uno que sabía de antemano sería prácticamente imposible de alcanzar. Intenta comprender lo que significa olvidarte de todo... hasta de ti mismo, pensando, viviendo y soñando con ese animal que tú tanto defiendes... Imagínate alejado de tu familia, de tus amigos, de tu tierra y de tu gente. Y una tarde de invierno, abrígate y vete al campo con él, mira como nace ese animal al que tanta devoción le profesas y observa como te embiste cuando todavía no tiene fuerzas para ponerse en pie... la próxima vez, no podrás decir que no nació para luchar, que no tiene instinto... Pasa tardes, meses y años pensando en él al levantarte y soñando con él cuando llegue el final del día... Pierde mujeres, amigo y familia que nunca llegaron a entender que lo antepusieras sobre todo, que te quisieron con locura pero que no pudieron soportar tus ausencias, que lo intentaron por todos los medios, pero que nunca llegaron a entender esa obsesión que les dejaba siempre en un segundo plano y te convirtió en un ser siempre pensativo y solitario... Más tarde, dile al torero que te lleve unos días a su retiro invernal en el campo y pídele que te presente a un ganadero. Te acogerá sin pensarlo en su casa y te contará la verdad de la vida del toro, es el único que te puede explicar como viven, como luchan entre ellos, como se afanan por ser los mejores en ese albero que para ti es un matadero. Probablemente entre los dos te aburrirán de historias de tentaderos, de tardes de gloria y de noches de decepción porque las cosas no salieron como esperaban. Cuando llegue el amanecer ellos seguirán contándote anécdotas cuyo único protagonista será siempre el mismo. El toro. Si después de todo esto todavía tienes fuerza, sal al campo ponte cara a cara con un toro, frente a él, a pecho descubierto, mírale a los ojos e intenta adivinar que es lo que piensa hacer... Imagínate solo por un momento el dolor de una cornada... Estate dispuesto, convencido y mentalizado de dejarte matar... Después vuelve a tu casa. En la próxima manifestación, desnúdate, échate tomate por encima, ponte unas falsas banderillas, alza la voz y mantén que defiendes al toro bravo, que lo amas... Mientras estés desgañitándote en esa manifestación habrá un torero llorando porque no supo entender un toro, habrá un ganadero defendiendo una camada que si no fuera lidiada en la plaza hubiera muerto hace tiempo, habrá un mayoral dándole de comer a cien animales a los que conoce por su nombre y, con los ojos cerrados, habrá un chaval haciendo autostop para ir a un tentadero, habrá una persona jugándose la vida en la plaza, habrá mil, dos mil, cinco mil personas disfrutando de un Arte maravilloso, de una sensibilidad extrema, de unas muñecas prodigiosas, de un baile que solo pueden bailar los valientes... Pero sois vosotros los que defendéis al toro bravo... No juguéis con su futuro porque estáis jugando con el futuro de mucha gente que vive solo para que ese animal respire.
No quiero con este alegato convenceros de nada. No intentéis convencerme a mí de que nosotros no amamos al toro bravo...

Araceli San Pascual
enviado por Juan Pedro Moreno

sábado, julio 3

Solicito Amante

     Que no corra las cortinas de nuestra habitación si el día me espera con cara de tristeza, pero que las abra de par en par mientras hacemos el amor para que el sol nos recorra lentamente en la cama.

     Que no me pregunte qué me pasa si miro a otro lado mientras conversa conmigo y que no busque entre la gente quién me mira.


     Que mantenga mis vicios de lectura y café. Que no le dé verguenza si robo un libro de una biblioteca y lo escondo en mi vestido, que no se desespere si no logro elegir en una librería entre dos autores y termine por llevarme tres.


     Que me ignore mientras leo y bebo café, que entienda que mis placeres son pequeños pero importantes, que el primero alimenta mi alma y el segundo me prepara para hacerle el amor.


     Que me mire mientras hablo con los geranios y se encele de los claveles.
     Que permita que bajo mi almohada duerma Llosa y a mi lado Murakami.


     Que escuche mis quejidos mientras duermo y acaricie mi cara con ternura, y cuando hagamos el amor me mire mientras muerdo mi labio.


     Que no me juzgue si hoy uso una falda larga y mañana una blusa de inmoral escote.


     Que se meta en mi cama, en mis sueños y en mis palabras.


     Que me abrace cuando me vea sola, que calle cuando me vea con el ceño fruncido y me bese en plena plaza.


     Que me eche su brazo bajo la lluvia para correr por la acera. Que me esconda bajo un árbol para besarme y apretar mi cuerpo contra el suyo.


     Que me invite a su casa y no me insista en meterme a su cama.


     Que me deje libres la manos para acariciarlo a placer.


     Que me deje escribirle cuánto lo quiero y me deje gritarle que lo odio por querelo tanto. Que no me critique porque no asisto a misa, pero me deje hablarle a El, para que lo cuide mientras no está conmigo.


     Que me permita ser libre para volver siempre a su abrazo.


     Que me ame por lo que tengo en el corazón y me desee más por mis palabras y me quiera sólo por hoy, que del mañana yo me encargo.

A mis 40

  Tienes razón, mis ojos no brillan con la misma intensidad con la que miraban a los 20, ni atraviesan la oscuridad de la noche presas del deseo; pero son capaces de adivinar los pensamientos que me esconden, de romper las mentiras que me dicen y de mirar el futuro de mi vida.


  Mis labios necesitan de vez en cuando un poco de carmín, pero te aseguro que la madurez les ha impreso un sabor especial y las sensaciones que despiertan al besar son más profundas que cuando aprendí a amar.


  Mis mejillas han cambiado, pero el rubor del deseo y la pasión aún las tiñe cuando me hacen el amor.
Es cierto que mi piel no brilla como antes a la luz de la luna, tampoco la seda se detiene en su poros para envidarla, pero tiembla aún por el roce de unos labios y con urgencia se humedece al contacto de otra piel.


  Sé de sobra que mi cuerpo no es el mismo que desnudaron la primera vez, pero en la cama es el rompecabezas perfecto para armarlo hasta el amanecer y comenzar de nuevo al mediodía.


  Mi cintura y mis caderas están hechas para que lo ciñan con urgencia o con ternura, para bailar sin música en la penumbra o buscar consuelo a las penas.


  También mis pies han cambiado, ya no soy la que calza zapatillas de altos tacones para seducir, pero mis pasos son más seguros y caminan sin titubeos en la búsqueda de lo que necesito y quiero.

  Cierto que mi voz y mis palabras han cambiado; cierto que ya no digo tantos “te quiero“ o “te necesito“, pero lo que digo en la cama no lo sabes ni lo has escuchado.


  Tienes razón, ya no hablo como antes, mis conversaciones son más cortas porque escojo las palabras adecuadas para poder escuchar, para centrar mi atención en quien me habla, para que mi silencio y mis ojos le digan que no hay nada más importante que lo que ha de decirme.


  Los periodos de lectura son más largos y las tazas diarias de café me son más placenteras, miro más por la ventana y lloro quedo por las noches por amores perdidos que no regresan.



 Ya lo ves, la estupidez de mis 20 quedó desterrada y ya no soy la misma. No hay otra más que la dueña de lo que acabo de describir. Te desvelo a la mujer de 40 en que me he convertido, la que acepta de la vida lo que cada mañana le ofrece y da gracias a Dios por una noche más.


  Está bien si crees que lo que te soy no es lo que quieres o no es suficiente, pero no puedes seguir amando a quien no puede regresar...
Aún así ... ¿me preguntas qué más puedo ofrecer?

martes, junio 8

Sin despedidas

Voy a extrañar tus ojos desde el callejón, mirando desde tu corazón el movimiento del capote.
Buscaré seguro tu figura cabizbaja y pensativa en las calles donde tus pasos se perdieron y que me condujeron a encontrarte.
Me llenaré de gozo en las tardes de seda y sol, entre gritos de insolentes y el sabor de fiesta brava, para después de cada corrida levantar un pañuelo blanco en nombre tuyo.
Miraré de tanto en tanto por la ventana, para saber si cada suspiro me lo regresa el aire cargado de tu acento y tus palabras.
Llenaré de versos y cuentos mi bolsa para cuando regreses regalártelos enteros.
Usaré menos perfume para seducirte más a tu llegada.
Me inventaré que no te has ido para que no te me olvides y tus recuerdos los viva cada mañana.
Me beberé el café a pequeños sorbos para eternizar el placer como si lo hiciera de tu boca...
Te seré leal y fiel por convicción eterna porque nadie tocó mi alma ni se interesó por verla.
Buscaré un minuto para mirar al cielo nocturno que siempre veo y pedirle que te dé el descanso merecido de un día que te pareciera largo, triste o eterno.
Bendeciré el haberte encontrado sin buscarte porque al igual que la lluvia o el sol, se les aprecia más cuando no se tienen.
Escribiré más poesía y lloraré menos en prosa...

martes, marzo 9

Lo que soy....

Para qué contar cuántas amantes he tenido en mi cama. Para qué hablar de noches de pasión en las que el tufo del alcohol también me embriagó como el perfume de una de ellas.

Para qué recordar las palabras y los gemidos. Los ayes de placer, los olores y los sabores que nos satisficieron en la orgía.

Para qué atraer recuerdos de viejas caricias que como heridas de pronto me duelen en la piel.
Qué caso tiene nombrarte una a una las mujeres que mis manos acariciaron, la suavidad de cada cabellera, el sabor de cada beso, el mar de cada sexo si dentro de mí todas murieron.

¿Te sorprende que lo diga?. Algún día sepultaré también sus recuerdos.
Algún día cambiaré mi cama y mi mesa para evitar evocar la presencia de un fantasma, de un muerto, de un recuerdo.

Tuve de ellas lo que me permitieron quitarles, obtuvieron de mí, menos de lo que esperaban.
Confieso que de alguna me encariñé más de lo debido, de otras me aburrí, de otras más me avergoncé, y de alguna me enamoré quizá...ya no me acuerdo.

Querían todo de mí. Si yo mismo no me poseo, cómo darles algo que no tengo, que no me pertenece.
Cómo hacerles entender que la libertad y el placer van amarrados con listones que se pierden en el viento.

No pude explicarles, y tampoco lo entenderían.
Quieres saber más de mis amantes, yo no... deja que me aturda hoy con tu perfume, permite que pruebe tu sexo, duérmete en mi abrazo y si la mañana es fresca y dejas que mis alas se extiendan sin que llores por mi partida, podrás quedarte una noche más conmigo.

jueves, febrero 11

CORAJE


a Toño Santos
¿pa qué son los amigos?

Se inclinó y con toda la fe que le cabía en el pecho, murmuró una oración de la que sólo pude percibir el leve movimiento de sus labios, entonces, por sus ojos cerrados, supe que rezaba.

    Quise dejar de mirarlo porque me apenaba su fervor. Me avergonzaba mi incredulidad, pero reconozco que su fe me conmovía. Al terminar, se levantó con parsimonia, casi con la veneración de dejar a una madre apesadumbrada por inminente peligro al que se enfrentaba el hijo más querido.

    Se calzó la montera y caminó hacia el ruedo, ¿dónde se había quedado el miedo?, seguramente ahí, en cada una de las plegarias dirigidas a ese Dios que yo no veo, pero que siento en la gracia de verlo vivo otra vez.

    Lo he acompañado desde que comenzó su afición, él no logra verme, pero sabe que estoy a su lado, sabe que cuando le hierve la sangre al adelantarse al toro protejo con mis manos su figura, le permito levantarse de puntillas sujetándolo de los hombros. Sabe que domino su diestra mientras el animal se pasea frente a él, furioso.  

Sabe también que cuando el toro está de frente, quieto, es porque le he hablado con suavidad a la oreja, luego el animal voltea a mirarme permitiéndo al matador lucirse.

    Le beso las manos mientras los nervios le recorren la piel, le he acariciado las sienes cuando parece que el cansancio ha llegado al último tercio y cuando respira, le he tocado el pecho para aliviarle la tensión. 
Sabe que estoy ahí.

    Prometí no dejarlo porque una vez, molesto lo abandoné. Fue entonces que sucedió. Hubiera deseado avisarle que el maldito planeaba matarlo; hubiera querido sostenerlo mientras el animal lo levantaba en el aire, hubiera querido apagarle el dolor mientras lo recogían; hubiera... pero no fue posible, entonces no pude hacer más que acompañarlo mientras lo adormecían para atenderlo, cerró los ojos y parecía más niño de lo que en realidad era, entonces le puse las manos frías en la frente para que descansara y el médico hiciera lo que tenía que hacer, cuando terminó juré no dejarlo jamás...

    Cuando estoy a punto de claudicar, me fijo en la cicatriz de su pierna y me estremezco, y de nuevo estoy ahí, guiándole la diestra y sosteniendo el aire en su pecho para la última estocada.
    La montera vuela. El olor de los claveles lo anuncia, comienza la faena. Lo acompaño nuevamente y estamos otra vez jugando con la muerte.

domingo, enero 24

PALABRAS

    Había cargado toda lo noche con un costal lleno de hojas en blanco y palabras sueltas. Tenía dentro de sí la vehemencia de escribir mentiras y verdades de quien miraba, de quien tenía la transparencia del cristal en sus ojos y el barro del trabajo en sus manos.

    Se acomodó a medianoche en una esquina para ofrecer a los trasnochadores una hoja o una retahíla de palabras que les aliviaran las penas de amor; a otros, las palabras de consuelo maternal; a los olvidados, del reconocimiento personal; a los descreídos, sobre la fe de Dios; a los enfermos, adjetivos de esperanza; a los pordioseros, vocablos ricos en caridad; a los engreídos, sinónimos de humildad; a los desvergonzados, hojas para que escribieran sus culpas y a los amargados, la dulzura de la satisfacción propia.

    Pero nadie volteó a mirarla, era una sombra bajo el farol. Era un fantasma de sí misma ofreciéndose en plena calle. Nadie la veía. Prostituía su talento en la calle para que alguien se lo llevara y lo desnudara poco a poco, y después, convencido, le hiciera el amor y se quedara con él.

    Siempre estuvo sola, desde niña recogió las palabras y fue llenando primero un morral y después fueron tantas que las empezó a acomodar una a una. A veces se topaba con palabras tan maltradas, que con sus manitas las desarrugaba pacientemente sobre su rodilla y las alisaba con ternura, esas eran palabras del mercado, del pueblo, de su padre, de sus madre y de sus abuelos, de gente de la calle que pasaba sin verla como ahora.

    Otras veces, guardó celosamente palabras nuevecitas que sólo leyó en libros elegantes forrados de cuero. Luego encontró una que aparecía en el periódico que su padre leía todos los mediodías frente a una taza de café negro. Esa no le gustó mucho, pero se resignó a que era inefable y la cargó siempre para recordarse que a la muerte también se le puede escribir con amor o con ironía.

    Nadie, ni como regalo quería llevarse aquel equipaje de palabras que tanto le había costado cargar. Nadie se acercaba a hurgar en su costal para encontrar una que le abriera las puertas del corazón, del entendimiento, de la fe, del dolor o de la soledad.

    Ya no se para bajo el farol a ofrecer su mercancía, ahora se ofrece ella por las noches para contarles cuentos inverosímiles a los amantes solitarios que la buscan para dormirse entre sus brazos.

HOJA EN BLANCO

    De nuevo con la hoja en blanco. Otra vez con la mente nublada, negada a parir la novela que me llevará la éxito. Otra vez con el cigarro entre las manos, arrugando la frente y restregándola para exprimirle las ideas a mi entorpecido cerebro. El cuarto apesta, y el calor del abanico se revuelve con el sudor y el olor del cigarro. Las aspas emiten un ruido monótono. Es la cuarta vez que coloco una maldita hoja y no escribo nada.

    Por las noches sueño que mi éxito se encumbra con la narración de un hombre con prolijas ideas que devora al mundo y lo escupe, para luego burlarse de su vanalidad. Pero despierto en medio de la noche, lleno de sudor y al lado de una desconocida que dibuja una mancha caliente de sudor en mi cama. Entonces la novela se esfuma entre los pliegues de la sábana y le hago el amor a la página para que se ofrezca y se entregue a mí sin reservas, pero es en vano. Su virginal blancura se niega cual doncella virtuosa ante las palabras soeces de un amante.

    He abierto la ventana para que el sopor nocturno desaparezca, pero me asfixio en la mezcolanza de mi propio cuarto. El olor a hombre, a mujer, a tristeza, pero sobre todo a amargura me sofoca. El alcohol me rescata a veces de la inmundicia, para sumergirme de nuevo en la sórdida presencia de mí mismo.

    Cada noche vuelvo al mismo lugar, con las mismas ansias de comerme al mundo. Con la misma necesidad de llevar cargando mi costal de palabras y vaciarla en la página en blanco. Todas las noches el estéril sufrimiento de no poder escribir. De recoger por los rincones palabras y hechos que me piden existir.

    Ella se remueve en la cama, deja ver sus muslos morenos y su espalda renegrida por el sol del mediodía, vagando en el mercado, ofreciéndose ante la mirada impertinente de las matronas que resguardan su decencia de su torpe paso de borracha.

    Se ha cansado de llamarme con su pastosa voz, se ha dado por vencida y comienza a vestirse en la penumbra y el tufo de mi cuartucho.

    Veo cómo a tumbos recoge su ropa barata y su bolso de plástico negro, mientras furiosa se encamina a la puerta y la azota con una blasfemia.

    Ya no la miro, no es la primera que me lo dice. De tanto decírmelo a mí mismo, yo me lo he creído, soy un pendejo.

    Allí va otra a mi cuenta, otra desconocida, otra noche, otro cigarrillo y otra estúpida hoja en blanco.