Yo, la autora

Cierto mis textos son lo que pienso y muchas veces por ser mujer guardo dentro de los silencios nocturnos, pero quién puede evitar que los escriba ... tuve dueño de mis palabras, pero le quitaba la libertad a mi mano y a mi pensamiento ...

sábado, noviembre 14

Confesión

Sólo quiero decirte que me acosté con otro. Lo dijo como si le estuviera hablando de una noticia del diario que tenía entre sus manos. Después de esa confesión, las palabras se salieron a borbotones.

Como si hubieran estado amarradas una con otra con un lazo colorado. Y ya no pudo detenenerse, se había deshecho de ese sabor a tierra que le llenaba la boca desde que se casó. Ese pedazo de adobe que se le atoraba en la garganta cada vez que su marido le hacía el amor.

Había tragado todas las mañanas menta con yerbabuena para que ese terrón se deshiciera de una vez por todas, pero era imposible. Una a una las palabras empezaron a caer como monedas desde el seno donde se guardaba la morralla cuando iba al mercado. Una a una su marido las cogía con las manos para evitar que se escondieran abajo de la cómoda, repleta de cosas olvidadas y evitar así que alguien se las quitara. Una a una hasta que se le acabaron las razones de su infidelidad. Una a una hasta que se escarapeló todita ante su marido.

Le contó de la primera vez que lo vio, con su traje gris haciéndole juego con sus ojos. De lo que se decían con las miradas. Del profundo hueco en su corazón cuando se separaban. De la tristeza de volver a su lecho entre la tristeza y la frialdad de dormir con el nombre y el deseo de otro en sus labios. De las horas entre sus brazos, del olor de su camisa y del enorme placer de vestirse y desvestirse para otro. Mientras lo hacía, sus ojos brillaban con una luminosidad que su marido jamás había visto ni había despertado, el deseo. Sus mejillas se encendían con el mismo fuego que la había consumido horas antes ante su amante.

Y poco a poco, después de esa confesión, se quedó muda para siempre. Su marido nunca volvió a escuchar una palabra. Los quejidos y los dolores que le provocó su confesión los empezó a guardar bajo la almohada, que a engordó hasta que ya no pudo acomodarse en ella y tuvo que dormir con la cabeza hacia los pies de la cama. Entonces, recogió la almohada que dejó tras sí un camino de sal como el que dejan a su paso los caracoles, brillante y traslúcido al contacto de la luz de la luna.

Se instaló en la alacena de la cocina, ahí la escuchaba trajinar. La oía preparar el café con una sórdida paciencia, hirviendo en un pocillo de peltre el agua que ordeñaba de la llave del fregadero. Ahí pasó hasta el último día, cuando entre las migas de pan sobre la mesa le escribió “me voy a morir”. Esperó todo el día a que se asomara a la alacena, acomodó el bloque de sal en el que se había convertido su almohada y se sentó sobre él. Desde la inconsciencia de su muerte escuchó un “bueno”, y la alacena se cerró para siempre.

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