Yo, la autora

Cierto mis textos son lo que pienso y muchas veces por ser mujer guardo dentro de los silencios nocturnos, pero quién puede evitar que los escriba ... tuve dueño de mis palabras, pero le quitaba la libertad a mi mano y a mi pensamiento ...

martes, diciembre 15

Sabes a Café

Así, suavecita, fue entrando mi voz hasta las palpitaciones de su piel.
Se estremeció y me ofreció un poco de sí misma, entreabrió los labios
y sin pensarlo le robé el aroma para mi deleite.
Cuando por fin se deshizo de mi abrazo lascivo, sonreía invitándome a sorber un poco más de su benéfica sustancia.
Sentada frente a mi, ofreciendo el más bello paisaje de su piernas
extendidas, la contemplé con deseo y aprecié en sus muslos el suave
olor de los cafetales y el grano inmaduro que se desprendía de sus
caderas.
Logré acercarme tambaleando, preso de una urgencia por poseerla, por adueñarme de su conciencia, por ser el motivo de su desgaste nocturno y de su duermevela, de sus suspiros y sus ayes de placer. Pero sólo obtuve una larga mirada marrón que me desvestía y me presentaba ante ella desnudo e inválido.
Le repetí que sabía a café, que era deliciosa una mujer con aroma de café, que podía sorberse o disfrutarse, que le haría el amor sirviéndola en mi mesa, por las mañanas frías, en la tardes de soledad, en mis horas aburridas, servirla en mi mejor taza, llevármela a la cama, disfrutarla entre las sábanas, aspirarla en su febril postura frente a mi, con sus ojos mirándome sin recato.
Fue encántandome, estimulando mi paladar, deseé inmolarla en mi cama, para que su olor llenara mi casa, para percibir en ella la calidez que me hace falta. Para refugirame en su compañía y encontrarme a mí mismo sin avergonzarme.
Cedió ante mi urgencia y se entregó por fin, y me la bebí poco a poco degustando el aroma a café recién hecho que brotaba del centro mismo de la tierra fértil de mi placer.

sábado, noviembre 14

Confesión

Sólo quiero decirte que me acosté con otro. Lo dijo como si le estuviera hablando de una noticia del diario que tenía entre sus manos. Después de esa confesión, las palabras se salieron a borbotones.

Como si hubieran estado amarradas una con otra con un lazo colorado. Y ya no pudo detenenerse, se había deshecho de ese sabor a tierra que le llenaba la boca desde que se casó. Ese pedazo de adobe que se le atoraba en la garganta cada vez que su marido le hacía el amor.

Había tragado todas las mañanas menta con yerbabuena para que ese terrón se deshiciera de una vez por todas, pero era imposible. Una a una las palabras empezaron a caer como monedas desde el seno donde se guardaba la morralla cuando iba al mercado. Una a una su marido las cogía con las manos para evitar que se escondieran abajo de la cómoda, repleta de cosas olvidadas y evitar así que alguien se las quitara. Una a una hasta que se le acabaron las razones de su infidelidad. Una a una hasta que se escarapeló todita ante su marido.

Le contó de la primera vez que lo vio, con su traje gris haciéndole juego con sus ojos. De lo que se decían con las miradas. Del profundo hueco en su corazón cuando se separaban. De la tristeza de volver a su lecho entre la tristeza y la frialdad de dormir con el nombre y el deseo de otro en sus labios. De las horas entre sus brazos, del olor de su camisa y del enorme placer de vestirse y desvestirse para otro. Mientras lo hacía, sus ojos brillaban con una luminosidad que su marido jamás había visto ni había despertado, el deseo. Sus mejillas se encendían con el mismo fuego que la había consumido horas antes ante su amante.

Y poco a poco, después de esa confesión, se quedó muda para siempre. Su marido nunca volvió a escuchar una palabra. Los quejidos y los dolores que le provocó su confesión los empezó a guardar bajo la almohada, que a engordó hasta que ya no pudo acomodarse en ella y tuvo que dormir con la cabeza hacia los pies de la cama. Entonces, recogió la almohada que dejó tras sí un camino de sal como el que dejan a su paso los caracoles, brillante y traslúcido al contacto de la luz de la luna.

Se instaló en la alacena de la cocina, ahí la escuchaba trajinar. La oía preparar el café con una sórdida paciencia, hirviendo en un pocillo de peltre el agua que ordeñaba de la llave del fregadero. Ahí pasó hasta el último día, cuando entre las migas de pan sobre la mesa le escribió “me voy a morir”. Esperó todo el día a que se asomara a la alacena, acomodó el bloque de sal en el que se había convertido su almohada y se sentó sobre él. Desde la inconsciencia de su muerte escuchó un “bueno”, y la alacena se cerró para siempre.

domingo, noviembre 8

ESPEJO

ESPEJO

    Al principio pensé que se trataba de mi estado de somnolencia, de mi falta de sueño y mi gran necesidad de cerrar los ojos. Pero después, sí me asusté. Me entró el pánico y ahora me siento realmente aterrado.

    Cuando empezó, veía cómo la mano, y los gestos de mi cara se quedaban atrás temporalmente; los movimientos reflejados en el espejo iban una milésima de segundo atrás según yo los ejecutaba. Repito, al principio pensé que era mi somnolencia, pero luego sucedieron hechos extraños que me hicieron dudar y estremecerme.

    Conforme pasaba el tiempo, algunas partes de mi cuerpo dejaron de funcionar debidamente y  de cumplir con sus obligaciones anatómicas. De ahí, saltó el segundo síntoma. El brazo derecho que me ocultaba de la luz diurna, se rehúsaba a esconder mis ojos del resplandor matutino. Tuve que resignarme. Después, mi boca dejó de emitir bostezos, aunque a mi lado hubiera alguien con las fauces abiertas cayéndose de sueño, ni así podía contagiarme de su descortés somnolencia. Luego mis párpados se negaron a cerrarse, por lo que me recostaba con los ojos abiertos. Se quedaron paralizados. No pudieron cerrarse nunca más, así que con el semblante descompuesto y mi mirada permanentemente alerta, infundía tal miedo que me decidí por unos anteojos oscuros que lo disimularan. Fue así como pude darme perfecta cuenta del fenómeno temporal.
    Luego de lo que conté, el retardo de los movimientos era cada vez más exagerado. El inter entre uno y otro era mayor. En alguna ocasión, mientras me acomodaba la corbata, mi gemelo en el espejo apenas se rasuraba la barba mañanera. En otra, mientras yo me cepillaba los dientes, él apenas retiraba las legañas de sus adormilados ojos.
    Aprendí a convivir con él, con esa imagen retardada de mí mismo. Hasta que empezó la competencia. Un día me sorprendió. Apenas lograba yo despertarme, cuando la imagen del espejo se presentaba ante mí, rasurado y peinado. Tuve que darme prisa para alcanzarlo. En otra, mientras él se reflejaba en el espejo, soñoliento aún, yo me había levantado más temprano para ganarle tiempo e irme antes de que me persiguiera su desaliñada cara. Me burlaba mientras iba en el coche, pero a través del retrovisor me acechaba burlándose. A veces no sólo lo veía en el espejo del baño. También en lo vidrios de los ventanales de mi oficina. En los cristales de los anteojos de quien me miraba. En los platos y los vasos donde almorzaba o comía. Hasta ahora. 
    Me he quedado mudo al verlo. Ya no soy el que se refleja en el espejo. Lo  miro desde aquí. Miro cómo se acomoda la corbata y se cala el saco gris. Me doy  cuenta que no se ha rasurado detrás del lóbulo. Me ví y lo ví con la espuma olorosa a menta a los lados de las mejillas y veo y siento la herida casi imperceptible (de no ser por el dolor) que se ha hecho (que me he hecho) con la navaja. Trastornado, casi loco, miro que se burla y se despide de mí satisfecho. Ahora, espero su regreso, su reflejo y lo miraré con angustia para que se compadezca y me saque de aquí.

ENCANTADOR

Sentadas en las rocas y con las aletas caudales chapoteando, atentas las sirenas lo escuchaban. Había atravesado países para llegar al mar de los terribles monstruos. Nunca había sentido miedo, quién le teme a las mujeres que devoran a los hombres en medio de orgías funestas.
    Al principio el encantador de sirenas se había sentado con los ojos bajos en una  barca y recitaba sus poemas en el acantilado, esperando que quizá una de ellas se asomara hacia la barca, pero nunca sucedió.
    Por las noches, escuchaba un suave respirar branquial a un lado suyo, y un olor suave a mar fresco que lo inquietaba por segundos. Después nada. Sólo un leve movimiento de la embarcación y la lejanía de quien huye con el temor de ser descubierto.
    Poco a poco se fueron acercando, cada vez la aguamarina se minimizaba quedando un espacio breve de versos tirados al mar como anzuelos con hermosas carnadas métricas que al azar buscaban la mejor presa.
    Hasta que un día, una, la más osada, la de peor carácter se acercó tanto a la embarcación que sus ojos abiertos se bebían el mar de palabras que salía de la boca del encantador. La  sirena había picado el anzuelo. El encantador removió el agua con la mano y de un jalón la sacó. De inmediato la puso en un cesto de pescar y la llevó a casa.
    Ahora el encantador de sirenas ha cambiado su letanía de ritmos y armonías por una espada que corta con palabras. La fragilidad de su barca por el coraje de un níveo caballo y se aventura en busca de un dragón.